…esa huacahafería llamada “falta de inspiración”.

Es cierto que nadie podrá responder a esta pregunta, pero: ¿por qué chucha no puedo escribir ni siquiera una lista para el mercado desde hace como dos meses? ¿Es el trabajo?, ¿es el invierno?, ¿es el nuevo gobierno? ¿¡Qué carajos me pasa!?

Antes de la segunda vuelta electoral pude terminar el primer capítulo de mi nueva novela (que, según mis delirios de grandeza literaria, sería publicada con gran pomposidad a finales del próximo año) y empezar el segundo, pero desde entonces lo único de productivo que se le ha agregado han sido las amables revisiones que de ella han hecho un psicólogo y una periodista… ¿y creación original del autor?, bien, gracias.

Sin embargo he de decir que la tengo clara: esta novela es la llamada a ser mi primer vástago, mi primer calato, mi primer cachorro (literariamente hablado), sea buena o sea mala. Está bien, lo más probable es que sea mala. Pero aún así, ya le puse demasiado punche al imaginarla como para que -por unos cuantos días de sequía creativa- la descarte como lo hice antes con otros proyectos. ¡no señor!, esta vez iré hasta el final, sin que me importen las consecuencias. aunque me salga hasta’lculo, aunque nadie la vaya a leer… aunque haya pasado más de medio año desde que la empecé y ni siquiera haya pasado del primer capítulo. chessss.

¿Qué porras me está pasando? ¿es el ambiente?, ¿es la edad?, ¿es el paso del tiempo? tal vez, tal vez, ya que, tratándose de una novelita inspirada en hechos reales y no habiendo sido esos hechos grabados más que en mi memoria (razón y motivo suficiente como para desconfiar de su fidelidad), el paso del tiempo puede generar severas afectaciones a las ganas de contar algo cada día más viejo y lejano. Pero, “tal vez” pueda ser esa la razón, sólo estoy conjeturando.

Sin embargo, y optando por una postura positiva, debo reconocer que, lo bueno de pasar por un periodo de esterilidad inventiva, es que uno -en el desespero por encontrar fuentes de inspiración- se dedica a leer, y mucho. Ahora, por ejemplo, voy a todas partes con un ejemplar de Mientras agonizo del maestro de maestros William Faulkner. Es una novela cortita que ya había empezado a leer a inicios del año pasado y que dejé a la mitad cuando mi jefe, en un arrebato de compasión por el novato en las artes de la buena lectura literaria, me dijo que, si quería disfrutar realmente de esa novela, debería leer antes El sonido y la furia. fatal: la busqué con padecimientos, compré una versión original en una vieja tienda de libros de la av. Camaná y la devoré con la pasión que sólo generan las grandes expectativas. Resultado: el haberme convertido en un cholito aguantado del escritor sureño, ganador del premio Nobel de 1949. no quiero entrar en detalles sobre esa obra porque no creo tener la capacidad para saber explicarla bien, así que sólo me remitiré a la pregunta que nos hacíamos los de SCyL durante una chupeta en la que la comentábamos: ¿cómo así se le pudo haber ocurrido a William Faulkner escribir una novela de esas características, que se acercan a la pura genialidad? en fin…

Paralelamente estuve inmerso en la lectura de otros dos librazos, de otro ganador del premio Nobel (y confeso discípulo del primero): La fiesta del chivo (segunda lectura) y La ciudad y los perros. de modo que ya imaginarán que hartas deben haber sido las lecciones aprendidas y listas para explotar… pero aún así, hasta el día de hoy no he podido siquiera encontrar nuevamente el hilo conductor de la trama de mi anunciada nueva novela. ¡Qué joda, puta ma’re!

Hace poco me dije: definitivamente es culpa de la chamba, sí. Esta oficina se engulle todo mi tiempo con la voracidad de un reptil y se chupa toda mi esencia creativa porque justo me coge en las mejores horas del día (toda la mañana y parte de la tarde). Así que saldré de ella todos los días y me dirigiré derechito a encerrarme en mis aposentos frente a la computadora, decidido a trabajar a conciencia en mi puta novela… wrong! tampoco funcionó ya que, en lugar de abocarme a pensar, crear y escribir la novela, me echaba en la cama a pensar huevadas y a escribir a mano poemas cojudos que nada tienen que ver con mi opera prima… es más: hasta ahora lo sigo haciendo. fuck!

En fin, pues, señores. En realidad no sé por qué carajos me he tomado el tiempo de escribir todo esto, si bien sé que ninguno de ustedes (las dos o tres personas que leen este blog) podrán ayudarme con este gran problema, del que sólo me queda esperar que no me dure para siempre. por favorsito, dios mío, sé que tú y yo no nos llevamos bien, es más, sé que tú no existes y que estoy cometiendo un atentado terrorista contra la lógica y la racionalidad al rezarte en estas líneas… y al seguir haciéndolo a pesar de que me estoy cagando de la risa de mí mismo mientras sigo tecleando estas huevadas; pero hazme el milagrito y ya sácame de esta infecundidad de ideas. en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, amén.

Mario Vargas Llosa y el ciberespacio

El siguiente debate/conversación se produjo hace algunos días entre Héctor Ccahua y Fred Borbor, a raíz de un artículo de Mario Vargas Llosa, en el que el autor de Conversación en la catedral arremete contra la intenet, afirmando que afecta la forma en que usamos nuestra memoria y las maneras en que recurrimos a ella o la ejercitamos:


FRED BORBOR

Curiosidad de entremés: ¿no es increíble que los temores que antes sólo embargaban a “locos” autores de ciencia ficción, ahora también inquieten a un intelectual de la talla de Mario Vargas Llosa?

Ahora al tema:

Casi haciendo caso a lo que reclamaba Hildebrandt, (y tal como yo imaginaba) el pronunciamiento de Mario Vargas Llosa sobre este asunto no podía ser otro que uno de tinte desesperanzado y bastante melancólico.

Yo creo que la internet básicamente tiene características similares a las de una biblioteca, en el sentido de que busca hacer revolotear en nuestro intelecto tanto a la información como el saber, sólo que de manera menos impropia y más alcanzable.

MVLl habla del problema de la distracción y el desvarío. Bueno, en ese punto puedo dar fe de que sí, leer algo en línea es recontra difícil ya que las probabilidades de desviarse están a la mano (lo que, en buena cuenta responde a la misma naturaleza curiosa de la mente humana -¡maldita evolución!-). Pero, ¿no pasaría lo mismo en una biblioteca?, es decir, si uno va a una biblioteca y coge un libro y empieza a leerlo (o, digamos, abres una página de internet y empiezas a leerla), de repente te topas con un dato, con un concepto, una frase o una palabra que no entiendes o quieres profundizar, detienes tu lectura, coges otro libro que pueda aclararte el panorama y le das uso -tal vez, incluso, con ese te ocurra lo mismo y acudes a otro más- (o, digamos, lees el contenido de la página, haces clic en los enlaces puesto allí a propósito de aclarar o verificar lo que se dice, o simplemente abres otra página en búsqueda de la aclaración deseada); supongo que con ese tipo de ejercicios, no muchos pueden aducir un control extremo de su concentración y un dominio superior de su espíritu de divagación. Y es que, citando a alguien, “como una biblioteca, internet tiene también la capacidad de generar una forma de lectura compleja e intertextual”

No voy a negar que en el texto hay frases bien chéveres de Vargas Llosa, las cuales deberían servirnos para la reflexión (me gusta esa que dice: “cuando la memoria deja de ejercitarse porque se cuenta con el archivo infinito de un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.”), pero creo que el tono del artículo es muy alarmista. Siento más esa defensa de la lectura impresa como una de “la dificultad como el mejor medio para la buena salud intelectual”, tomando a la buena memoria como el mejor indicio de ella, cuando -creo que para ti y para mí- está claro que el meollo del asunto de la formación intelectual es la educación y el tipo de criterio del lector: cuan denso es su saber y cuan lúcido es su forma de entender.

Curiosidad de salida: no sé si recordarás las clases en las que nos hablaban del renacimiento y de los enciclopedistas, esos ilusos personajes que buscaban atrapar todo el conocimiento humano en una sola cosa, la enciclopedia, (en la que, solapa nomás, difundían también su pensamiento filosófico modernista)… ¿ilusos?, nones. Compadre, fácil que la internet es, recién hoy en día, su medallita de oro.


HÉCTOR CCAHUA

Bueeeeno, como te decía, no es que Mario Vargas Llosa no haya hablado antes de este tema;que no lo haya mencionado en el discurso de aceptación su Premio Nobel es otro cantar.

Empecemos:

Concuerdo contigo cuando dices que hay similitudes entre una biblioteca y la internet. Digamos que en ambas encontramos abundante información de todas las fuentes y tamaños y colores. Pero creo que son incomparables más allá de eso. ¿La razón?: la internet cuenta con una infinidad de estímulos distractores que disminuyen la atención sensorial -perceptual- cognitiva necesaria para una tarea que requiere de una concentración por lo menos respetable. No es que sea imposible, pero tales estímulos la entorpecen significativamente. De allí que nos sea difícil hacer sólo una cosa cuando navegamos en la internet.

Por otra parte, sé que tenemos claro que información y conocimiento no significan lo mismo.La información es el mundo, mientras que el conocimiento es la aprehensión de la información circundante que será utilizada como recurso propio en la absolución de alguna situación problemática o como dato referencial. Entonces llegamos al meollo del asunto: sabemos que las nuevas tecnologías tiene como objetivo facilitarle la tarea al ser humano, simplificarle la vida; sabemos también que la internet nos permite el acceso a toda la información existente en el mundo -un acceso rápido y eficiente-; pero se nos olvida pensar en qué tipo de conocimiento forma la infromación adquirida, es decir la calidad del conocimiento obtenido. Eso sin tomar en cuenta el debilitamiento, no sólo de la memoria como dice el Nobel, sino también del análisis, el sentido investigador y la capacidad de síntesis que crea este facilitamiento de la vida que ofrece la internet.

A mí también me parece un tanto alarmista el artículo de MVLl, pero no es mero invento todo lo que dice. Hay motivos de sobra para creer que alguna consecuencia negativa traerá el uso de las nuevas tecnologías y, si no lo has notado te lo dejo como observación: (al margen de lo paupérrimo que ya era el nivel ortográfico de los peruanos) ¿has notado la destrucción que se realiza del lenguaje escrito por el messenger, facebook u otros canales de chat, así como mensajes de texto, redes sociales y todo lo demás?

Ensayo sobre el vicio

Efectivamente, yo también creo que tomar al voto viciado como una “lavada de manos” no es lo indicado, aunque tampoco anulo ello como derecho incuestionable de quien quiera hacerlo (tanto más si yo mismo dije, desde que salieron los resultados de la primera vuelta, que votaría viciado porque no quería ensuciarme las manos). Sin embargo, he de reconocer que mi postura con respecto al voto viciado va más allá de una frase salida de la rabia. Está basada más en una cuestión de principios, creo yo (algo que a muchos les parecerá ridículo, pero así es como pienso, pues): coherencia.

Sucede que uno no puede ir por la vida cambiando de parecer a cada rato. Eso no quiere decir que nadie tiene derecho a cambiar en el sentido de adquirir más sensatez y mejor juicio con el paso de sus días. Lo que quiero decir es que las personas deberíamos tener cuanto menos un par de principios inamovibles que rijan nuestro existir y a ellos debemos remitirnos siempre antes de realizar nuestras acciones, respetándolos y honrándolos, sin traicionarlos… al menos no mientras sea humanamente posible no hacerlo. Para mí la coherencia es uno de esos principios y, honestamente, trato siempre de respetarla, muchos no estará de acuerdo conmigo en ese punto, pero con franqueza les digo que sí lo hago.

Ahora bien, entrando ya al tema que me importa tratar les diré que nunca me han gustado las segundas vueltas. Y nunca me han gustado porque, por lo general, justamente sirven para traicionar a nuestros principios. Por ejemplo: en la primera vuelta, como electores, votamos por el candidato A, ese mismo que creíamos con las propuestas más acordes a nuestros deseos, con el plan de gobierno mejor estructurado y viable y cuya personalidad nos encandiló. Pero sucede que no ganó (valga decir: no pasó a segunda vuelta), de modo que nos decepcionamos, montamos en ira y lo primero que deseamos es largarnos de este país donde no salió elegido nuestro candidato. Y pasan a la segunda vuelta esos candidatos B y C, por quienes no hemos votado y, muy probablemente, por quienes jamás votaríamos (es más, tal vez hasta los aborrezcamos), peeero, piña pues, la voz del pueblo -que es la voz de dios- ha dicho que tenemos que elegir entre esos dos.

Bueno pues, con el pasar de las semanas superamos la tristeza, bajamos los niveles de calentura y -probablemente al darnos cuenta de que no tenemos una visa- decidimos quedarnos en nuestra tierra. Así que buscamos soporte en los que nos rodean, en su buena compañía y en sus sabios consejos, pero -¡horror!- algunos de ellos son simpatizantes de alguno de esos odiados candidatos A y B. Nos sorprendemos un poco y les preguntamos “¿en qué estabas pensando?”, las explicaciones nos llueven y, ¡paf!, de un momento a otro los tenemos encima, presionándonos para que olvidemos nuestra decisión anterior, mandemos al tacho a nuestras razones o argumentos y le demos, de todas maneras, nuestro voto a quien desechamos en la primera vuelta. Para eso usan todo tipo de frases, claro. Algunas son bonitas, hay que reconocer (“así es el juego de la democracia”), pero otras son horribles como el demonio (“¡no juegues con el futuro del país, maldito indeciso, toma partido de una vez!”).

Y de repente nos sentimos como caídos en una trampa, como encerrados en un círculo de gentes dispuestas a apalearnos sea cual sea la determinación que tomemos. La angustia se posesiona en nuestras aún frágiles mentes y el terror a fallarle a unos o a otros nos devora todos los días cuando hablamos o cuando escribimos. Es así que al rato olvidamos todo lo que antes pensábamos, perdemos la perspectiva real de nuestra opinión original, nos encontramos de repente alienados por las circunstancias y sin siquiera un poquito de lucidez para detener el mundo y decir: “un momento, ¿acaso yo no aborrecía a estos dos candidatos?”

¿Y cómo tener o desear tener ese rayito de lucidez si quizá ya es muy tarde? Probablemente ya hayamos dicho: “yo votaré por la salud democrática del país”, después de haber dicho que esos dos candidatos eran el sida y el cáncer; o acaso ya habíamos afirmado: “votaré por la libertad”, después de haber asegurado que esos dos candidatos representaban el oprobio; o probablemente ya hayamos soltado un: “soy un demócrata y votaré por la democracia” después de haber manifestado antes que votar por cualquiera de esos dos candidatos era votar por la dictadura… en pocas palabras: tal vez ya hayamos traicionado nuestro principio de coherencia.

¿Entonces cual es el camino para evitar caer en esa especie de hoyo culposo en el que nos sumergen casi siempre las segundas vueltas? Muy fácil: hacer uso de nuestro democrático y constitucional voto en blanco o viciado, olvidándonos por completo de las frases conminatorias, de las presiones chantajistas, de los sustos mediáticos y levantando nuestras voces sin miedo gritándoles a todos: “no me jodan, yo no creo en esos dos candidatos y no votaré por ellos”. Siéntanse seguros de que nuestra salud mental lo merece, nuestro bienestar físico lo merece e, incluso tal vez, nuestro porvenir como ciudadanos lo merece. Quién sabe, tal vez eso nos ayude a olvidarnos por completo de esa mala costumbre de ser incoherentes, nos quiete el nefasto placer de ser una sociedad mediocre que elige a sus representantes escogiéndolos de los afrechos, o dejemos ya de permitir que nos domine la exigencia de dos porciones y aprendamos a forzar nuevas elecciones. Creo que los principios bien ejercidos, son capaces de lograr eso y más.

De memeces bajas e ignorancias medias.

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Nacionalismo y caudillismo

Hablar de nacionalismo es, en realidad, hablar de una importación europea, de un calco y copia en el plano de las ideas y, por supuesto, de una contradicción bárbara. Es hablar también del alto precio que cuesta el instituir una filosofía creada con el único propósito de justificar el aislamiento de una nación respecto a las otras y también asistir al show que brinda una de las más geniales ironías de la historia: su universalización. El nacionalismo ancló en muchos países através de la historia de una y mil formas, ya sea mediante gobiernos dictatoriales, demócratas o simplemente tiránicos, y así mismo fue abolido cuando la gente se dio cuenta que eso de jugar a los autistas y autosuficientes no daba de comer, no acababa con los males nacionales y, por supuesto, no generaba las riquezas que todos buscaban. Sin embargo fue –y es– en Latinoamérica donde se ha consolidado de manera casi persistente, desde los tiempos de la independencia hasta nuestros días, teniendo como amenizador a un monstruo peludo que toca marchas militares y que gruñe como homínido en celo. En buena cuenta podemos señalar que el nacionalismo no es más que aquella corriente que basa sus arranques en el patrioterismo barato, la xenofobia irracional y el chauvinismo simplón, apoyado en materia económica por la famosa teoría de la dependencia de mitad del S. XX.

El nacionalismo tuvo sus comienzos en los siglos XVI y XVII en el marco de guerritas entre católicos y protestantes, países que apoyaban a uno y otro bando y deseos escondidos de las élites de desligarse de los imperios que los subyugaban. Vivió casi escondido en reuniones de grandes señores y en todos los té de tías durante el siglo XVIII, hasta que alcanzó popularidad en el siglo XIX, regándose por todo Europa y reforzándose también en América, teniendo, obviamente, como sus tutores a los militares con sus fusiles y sus cañones en ristre, sus coloridos y circenses uniformes y su masculinidad inevitable a la vista, de modo que el nacionalismo incubó en los cuartes, luego pasó a las universidades y finalmente se asentó en eso que todos llamamos inconsciente colectivo.

Desde sus inicios en nuestras tierras el nacionalismo ha creado figuras y personajes realmente fascinantes, fuentes de inspiración de novelas, poemas y canciones. Todo lo que ellos han hecho, inevitablemente, siempre ha generado el delirio de los pueblos que los sufrían y que los veneraban sin inconvenientes a pesar de todas las barbaridades que cometieron usando el autoritarismo, los resentimientos, las inseguridades políticas, la ignorancia o los complejos. Se trataba de personajes fantoches, grotescos, solitarios y oligofrénicos, quienes en el punto más alto de su poder representaron con excelencia nuestro congénito salvajismo político e inmadures económica, generando con ello nuestras más grandes miserias y, por lo tanto, convirtiendo al nacionalismo en la peor de nuestras gestas.

Pero si el nacionalismo tal cual es, es una importación, una copia, un remedo del pensamiento europeo de hace tres siglos, nuestro aporte a su engorde ha sido el caudillismo, aquel fenómeno que encumbraba a un líder carismático que accedía al poder por medio de métodos informales, el mismo que, a decir de todos, tenía un don especial y un tipo formidable de liderazgo –‘heroísmo’ y ‘carácter’, generalmente–, el que se amparaba en la fuerza militar y que representaba todas las esperanzas de resolver los grandes problemas de la nación. Es así como a partir de mediados del S. XIX surge una camada de caudillos en nuestros países, quienes buscaban perpetuarse en el poder. Así, tuvimos en Paraguay a Gaspar Rodríguez de Francia, en México a Antonio López de Santa Anna (¡once veces presidente!), en Argentina a Juan Manuel de Rosas, en Uruguay a José Batlle y Ordoñez (quien era demócrata) y, finalmente, tuvimos en nuestro querido Perú a Ramón Castilla, quien tuvo, como uno más de sus ‘grandes logros’ el haber estampado su firma en tres constituciones, nada menos.

Eso nos lleva a otra característica del caudillismo nacionalista: le gusta perpetrarse, no sólo en el poder, sino también en la historia, por lo que se vuelve “constitucionalista” para poder legar, de manera jurídica, todas las bondades de su vida, es decir: de su gobierno. Ese constitucionalismo no sólo le sirve para lo señalado, claro, también le es útil para convertirse en una rara mezcla de padre-esposo-chaperón-benefactor de la nación, alguien que busca darle educación a esta, brindarle salud, protegerla del rigor de la vida diaria y del desasosiego de la vejez. El caudillo no duda por eso en gastar dinero que no le pertenece (el dinero de todos) para proteger a la inválida nación, ya sea de la pobreza, de la infelicidad o de los habladores que la quieren conducir por el camino del mal (quienes, claro, generalmente terminan perseguidos, despojados, presos, deportados y/o muertos). Es decir que también, mediante ese constitucionalismo, el caudillo se permite asumir el poder controlando todo en cadena circular al punto de no dejar espacio para la oposición o la disidencia, logrando que su gobierno no pueda ser legislado de ningún modo, pudiendo así velar por sus propios intereses o disfrutar a pláceme de su adicción al poder.

Por ejemplo, una vez controlado todo intento de resistencia hacia su persona o sus planes de gobierno, el caudillo clava la mirada en las empresas públicas de su hembra, la nación, y sacia con ellas toda su sed de grandeza. Claro, pues, allí está la plata, el financiamiento para sus grandiosas ideas. No será raro, en este punto, que nuestro héroe empiece a hablar de “áreas estratégicas” a resguardar de la voracidad de capitales privados o, más aún, de la ambición del imperialismo. ¿Pamplinas? No, señor. Así lo hizo Perón en Argentina, así lo hizo Allende en Chile, así lo hizo Velasco aquí, así lo hace Chávez en Venezuela y, probablemente, así lo hará cualquiera que enarbole el estandarte del nacionalismo y demuestre actitudes de caudillo.

Esta historia continuará…

[En el próximo capítulo: Velasco y la experiencia ‘nacional-caudillista’ peruana, Hugo Chávez y el nuevo romance ‘caudillo-nación’ del siglo 21 y, claro, Ollanta Humala y los quecos y coqueteos del nacionalismo a la nueva dama con plata de Sudamérica.]

EGUS MEDIUM

Por Fred Borbor

La prístina verdad es que siempre he gustado y degustado de mí mismo. De nadie más que de mí mismo -con las benevolencias que implica el compartir un deleite, claro-. Nunca he gustado ni degustado de otras gentes porque simplemente no son yo, y ni sus figuras, aromas, sonidos o sabores me supieron tan sabrosos como yo mismo. Por todo ello me sé con autoridad para decir que no las gusté ni las degusté tanto como las usé, disfruté y maniaté a mi capricho de comparar mi suculencia con su insipidez. Suena extraño, yo lo sé. Quizá ridículo, yo lo sé. Talvez hasta cruel, yo lo sé. Pero se siente tan bien el decirlo, que son comatosas mis reservas al hacerlo.

Todos mis afectos, todas mis caricias, todas mis señales y amablerías, fueron el producto de mi ensañamiento o fueron la sotana de un clérigo enfermo. Siempre mi atención pastó en campos propios, mientras mis sirenas pululaban a oídos de quien las buscaba. Y aunque a veces, es cierto, cometí lo correcto, mostrándome sin ciencia y dejándome sentir, mentí siempre con gran fe, sangré sangres fariseas y broté amores fraudulentos. 

Si fuera de mis fantasías existiese un dios en algún cielo, seguramente deliró de contento al darme el soplo de vida mientras me decía: “Se engreído cuanto quieras, ve caminando sin cuidados y ten malicias sin reservas.” Así, me viene desde el génesis el permiso de creerlo todo mío y mío todo. Tengo el pase libre para quererlo todo y tomarlo todo con astucia y sin hartazgos de culpas devenidas. Puedo contradecirme cuanto quiera y como un credo, abusar de infancias como quiera y como un modo, servirme de las gentes como un Baco y como un cebo, dejarlos que me sirvan como un amo y como un siervo.

He de bendecirme, ser un ser normal y existir con deleites que desayuno en las mañanas mirando las nubes sin decir nada. Puedo sazonarme con la furiosa sin razón de ridículos, la alucinación de grandezas, la posería de fantasías y la falsía de figuras. Debo tener el sabor de los turcos soleados y la imagen de la certeza en el yerro que embellecen al espíritu y causan celos al humano.

La culpa no me visita hace mucho. La extraño a veces, es cierto, y a veces me aseguro de nunca invitarla. Cuando me supongo indigno de disfrutarme, al comprobar que quizá no me he compartido mucho, me tiro en mi sueño y sueño que debí ser  más benévolo, menos mezquino y más cauteloso. Al despertar todo ha pasado y la culpa sigue lejos, sin venir y sin ser invitada.

Si el tiempo me ofreciera sus dones, no cambiaría ningún surco del arado de mi vida. Lo viviría todo igual e igual reiría de todo. Y si la historia me diera la espalda, le picaría el culo gritándole: “¡Ligera!, no me busques un remedio, ni me entregues tus favores. Dame sí el placer de ser yo, y dame sí el placer de ser ellos los mismos que ahora me sufren y antes me amaban”.

Hay muchos que ríen mi rareza, persiguen mis adeudos y desprecian mis bajezas aduciendo máculas en mi gloria. Son los sabios de las cimas que no bajan al bajío ni al docto vacío han de honrar algún día. Son las bestias medievales con empíreo cacumen de vidas de prosa y alma de poesía. Son todo pero tontos. Son nada pero todo. Son lindos malabares del género que piensa, y -malabares al fin­- no piensan que lo bueno tiene en mí a su género. Ríen con ternura leyendo estas líneas, encontrándome como prueba de algún ejercicio. Matan sus demonios en sus corazones, esos que les dicen: “quieres desearlo”.

Pero hay quienes ni me ríen, ni me buscan; ni blasfeman, ni desprecian; sólo me culpan por mis crestas y reclaman mi buena gloria. Se ciegan a la luz de mi extravagancia, como si doliera mi encanto en el fondo de su alma. Yo sólo los miro con dulzura desde lejos, por encima de mis hombros y soplando un fino polvo. Entreabriendo mis párpados los dejo ir sanos, completos, radiantes, lúcidos, fuertes y vigorosos; pero sin paz. Ella es sólo mía y de mi prístina verdad.

No me fue dado en bajada el buen don de apaciguar. Tampoco me castigaron con la paciencia de un hombre. No me encarcelaron con el premio samaritano ni estoy aquí para ser buenito. Escucho a Wakeman mientras cierro los ojos y con autoridad proclamo, sin paréntesis baldío, que esos seres taciturnos -hondos pasos del destino- me lo deben todo y todo lo suyo es mío como lo manda el génesis de mi vida. Que no existe hombre en la tierra ni dioses en el cielo dueños de guadañas poderosas como las mías capaces de zurrarles hasta el cruel hastío. Hoy reclamo sin perezas sus dotes que son mis dotes, su esencia que es mi elixir y su orgullo que es mi fruto. Hoy me estiro complacido en lo suave de sus vidas, me agazapo inconsciente en el barro de su talento, compro sus viñas con la retórica de elementos falseados por el tiempo y agobiados por su cieno. Hoy quiero ser yo quien se lama como un gato degustando lo vivido y enrostrando lo pasado, diciéndoles tras escenas: “hagan esto y aquello”, mientas sus cabezas acarician mis manos y mientras su inconsciente nunca se rebela.

La emergencia del Tribunal Constitucional

Nunca me han gustado las cortinas de humo. Siempre he tratado de denunciarlas y de evitarlas. Pero debo reconocer que hay cortinitas que sí merecen la pena soportar por lo rico y necesario que resulta sumergirse en ellas y alimentarlas. Un ejemplo claro de esta última afirmación es la cortinaza que se armó desde hace dos semanas en el Perú por el tema del aborto: que si es correcto, moral, necesario, legal. Que si una mujer tiene derecho o no sobre su cuerpo, que si Dios lo permite, que si es una vida independiente, que si somos asesinos quienes estamos a favor, que si son mejores personas los que no, etc.

Pero una cosa es aceptar participar de una cortina de humo que genera necesarios debates en la población, haciendo que las ideas al respecto fluyan y se esparzan como semillas en el campo para que después puedan generar sus frutos; y otra muy distinta es aceptar participar de una cortina de humo malintencionada, generada por gente malintencionada que se supone debe ser la más ecuánime del país, la que actúe con más apego a las normas y sobre todo a la lógica.

El Tribunal Constitucional, la “más más” de nuestras instituciones jurídicas, el “ya no ya” de nuestro mundo legal acaba de dictar una sentencia para la vergüenza. Algo así como un paso atrás, qué digo uno, miles de pasos atrás. Y no sólo por el hecho de legislar en contra de un tema que ya se creía estudiado, analizado y zanjado, sino por lo aberrante que resulta el mismo texto y estructura del documento.

En primer lugar resulta risible que el TC se pronuncie sobre un problema ampliamente superado desde hace veinte años atrás. Y es que todos los estudios y análisis que se han podido hacer sobre la Anticoncepción Oral de Emergencia ya se han hecho hasta el hartazgo. Por supuesto que me refiero a estudios y análisis realizados por instituciones serias y autorizados para el caso (las internacionales OMS, OPS, UNFPA, así como las nacionales Sociedad Peruana de Obstetricia y Ginecología, Colegio Médico del Perú, etc) y no por supercheras y cucufatas ONG’s de medio pelo, que más bien deberían largarse a operar en países fundamentalistas del medio oriente antes que joderle la existencia a un país que quiere insertarse en la vía del desarrollo. Es más, el Ministerio de Salud, el de Justicia, la Defensoría del Pueblo y el mismo TC, cada uno por su lado, dijeron alguna vez que la bendita pastilla no es abortiva -y aunque no lo crean, la Corte Superior de Lima tuvo que rectificar su primera postura para aceptar finalmente ese carácter no abortivo de la píldora. Ahora viene el TC y en un acto de ridiculez adolescente que linda con lo surreal y estúpido, dice que sí «puede tener» carácter abortivo… de modo que todo el camino avanzado hasta hoy se va a la misma mierda.

Desde los días de Pilar Mazzetti en el Ministerio de Salud y gracias a trabajos arduos y sesudos iniciados por Álvaro Vidal Ribadeneyra, se manifestó la necesidad de comenzar a repartir gratuitamente la AOE, ya que se había empezado a vender en diversos establecimientos privados a elevados precios y resultaban casi inaccesibles para las personas de bajos recursos. Es así que, avalados por aquellos estudios, los mismos que demostraros una y mil veces lo que todo el mundo ya sabía desde hacía años atrás -que la AOE no era abortiva-, se sugiere que el Estado tenía que cumplir su rol. Sin embargo, miedoso como pocos, el Estado no cumple su parte en el asunto y deja que los peruanos nos odiemos un poco más, vayamos a tribunales judiciales hasta llegar al TC, el mismo que un buen día dijo que se deberían cumplir con las propias normas, las mismas «que consistían en permitir el libre acceso de las personas a la información del AOE, así como a su provisión gratuita en las instituciones de salud del sector público» (Exp. Nº 7435-2006-PC/TC). De este modo se trató de esclarecer el tema y poner los puntos sobre las i: “la pastilla no es abortiva”. Y es que era lo más lógico después de escuchar las voces de los que saben del tema y encima, después de conocer lo que dice Naciones Unidas al respecto: «el acceso a la AOE es un asunto de derechos humanos pues los derechos reproductivos garantizan que las personas cuenten con la información y puedan acceder a la más amplia gama de métodos anticonceptivos; y, como se ha señalado, la salud sexual y reproductiva es un elemento esencial regulado en el artículo 12° del Pacto Internacional de Derechos Económicos Sociales y Culturales» (texto que aparece en la misma sentencia)… Bueno, tanta fue la joda que se hizo, que la misma Corte Superior de Lima dijo algo así como: “ya pues compadrito, cumple con tu deber y reparte esa puta pastilla de una vez por todas”.

Pero ahora resulta que el mismo TC se contradice y en la sentencia del EXP. N.º 02005-2009-PA/TC invalida la distribución gratuita de la “píldora del día siguiente”, ordena al Ministerio de Salud a abstenerse de desarrollar la política de salud reproductiva que tenía por objeto dicha distribución porque «no se ha demostrado la inexistencia del efecto abortivo, la inhibición de la implantación del óvulo fecundado en el endometrio» y que las farmacéuticas incluyan en el prospecto de dichas pastillas que el «producto podría tener un efecto abortivo». Además se ha aplicado la «teoría de la fecundación» (sí, la misma que propugna que la vida empieza antes del inicio del embarazo, y que atacábamos con vehemencia en las aulas de la universidad) para entender que la vida del concebido y no nacido puede ser amenazada por el uso de ese fármaco anticonceptivo. Supongo que, para seguir su línea lógica, el TC también obligará a las comercializadoras de café a poner la misma advertencia en su producto, ¿no?

Ahora bien, si para un médico o un científico resulta insultante que un organismo no especializado en la materia le diga cómo hacer su trabajo, imagínense que humillante puede resultar para un hombre de leyes -a la sazón, ex alumno de algunos miembros del TC- el leer una sentencia que en sus considerandos adjunte las informes que le solicitó a las instituciones médicas ya mencionadas, consignar lo que ellas afirman y después decir algo así como: “bueno, pero igual ordeno lo contrario”.

El punto más lamentable, a mi parecer, de esta sentencia va por el lado de la discriminación miserable que se está haciendo hacia un sector de la población. Por ejemplo: digamos que dos chicas amanecen una mañana limeña. Una de ellas tuvo una fogosa sesión amatoria y la otra tuvo el trauma de ser violada por algún hijo ‘e puta. La primera, con los recursos necesarios para hacerlo, va a una farmacia y de buena gana paga sus cerca de S/. 30 soles por un Postinor y se las toma. La otra, pobre como ella misma, se desespera por el temor de salir embarazada a raíz de la maldad de la que fue víctima y acude a una posta médica y solicita que se le entregue una pastilla del día siguiente y la respuesta que recibe es la siguiente: “Ay hijita, lo siento mucho pero nosotros ya no podemos darte esa pastilla. Si la necesitas, ándate a una farmacia y paga tus cerca de S/. 30 soles para que no quedes embarazada… o sino, aguántate el embarazo como Dios manda y se una buena madre cuando nazca tu hijo”.

Es decir: Ok, yo TC, propugno que existe vida con la fecundación. La pastilla evita que el óvulo fecundado anide. Ergo: la pastilla es abortiva, por lo que se debe prohibir su distribución… Ah, pero sólo para el sector público. El sector privado puede seguir vendiéndola como si las huevas. Entonces ¿es abortiva o no es abortiva? ¿En qué quedamos? Fácil, nuestro ilustre TC aplica aquí el principio de in dubio pro cosumidor. No te rías, es cierto. Pero, ¿qué extraño caso el del Perú, no?, siendo delito el aborto, te venden una píldora abortiva (según el TC), cuyo fin es interrumpir el embarazo (aun inexistente para la OMS y la FIGO, pero existente para nuestros queridos magistrados) y no pasa nada.